OPINIÓN
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Perspectivas

Francisco Herranz

Profesor de Redacción en el Máster de Periodismo, Edición, Producción y Nuevas Tecnologías de la Universidad San Pablo-CEU y analista de la agencia de noticias rusa Sputnik. Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y Mastér en Comunicación Política y Empresarial en la Universidad Camilo Jóse Cela. Ha trabajado en el diario El Mundo, en la edición española del diario ruso Komsomolskaya Pravda y ha sido editor del portal www.infoespacial.com.

 

 

 

 


El Espacio debe ser sostenible

10/07/2015 | Madrid

Urge aplicar criterios de control al funcionamiento de los satélites, sin importar el tamaño que éstos tengan. Está en juego la misma sostenibilidad de las operaciones espaciales tanto comerciales como institucionales. Las futuras generaciones deben seguir beneficiándose de las condiciones únicas que brinda el espacio para la ciencia y la tecnología, pero sin tener que enfrentarse a la amenaza creciente que supone la basura espacial. Los estudios de la Agencia Espacial Europea (ESA) muestran que para el uso prolongado de la Órbita Baja Terrestre (LEO) es necesario retirar cada año entre 5 y 10 residuos  "grandes y estratégicamente elegidos". Es preciso actuar.

El enorme desarrollo satelital, concretamente en el área de los CubeSats -los más pequeños de todos-, ha generado una saturación de artefactos que vuelan a centenares de kilómetros sobre nuestras cabezas y que corren el riesgo de chocar entre sí, provocando las destrucción de satélites activos y muy costosos.

Los CubeSats son satélites muy versátiles que están proporcionando enormes oportunidades a las empresas para entrar en el mercado de los datos espaciales y la industria de las telecomunicaciones, pero no cuentan con ninguna capacidad de maniobra y, por tanto, no pueden evitar colisiones durante su misión ni actuar para colocarse en órbita. En los últimos años se ha disparado su número de lanzamientos (ver gráfico inferior).

La normativa general exige que los satélites, tras dejar de ser operativos, salgan de su órbita en un plazo de 25 años y realicen una reentrada controlada en la atmósfera, donde se destruyen sin generar peligros a la población y a la industria. Pero algunos CubeSats, cuya masa oscila entre el kilo y los 10 kilos, son lanzados ya a órbitas altas, lo que implica que su vida alrededor de la Tierra será mucho mayor de la recomendada, generando así mayores riesgos.

Una solución podría ser que se dotara a estos nanosatélites con motores miniaturizados. Algunas entidades punteras, como el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) de Cambridge, en Estados Unidos, ya están desarrollando sistemas diminutos de propulsión iónica pero lo suficientemente potentes para que ofrezcan autonomía en el espacio. El problema es que ese motor encarece mucho el producto final, que hasta ahora ha tenido mucho éxito en las universidades por su bajo coste y fácil montaje.

La importancia de la vigilancia espacial queda patente por el interés manifestado por la Unión Europea y Estados Unidos, dispuestos ambos a invertir millones de euros en sistemas eficaces de prevención de colisiones en un entorno de gravedad cero.

La Comisión Europea tiene previsto poner en marcha el Space Surveillance and Tracking (SST) y ha asignado 70 millones de euros para este futuro proyecto que debería entrar en servicio en 2016. Cinco países europeos, entre ellos España, han creado recientemente un consorcio internacional para ocuparse en profundidad del programa de vigilancia y rastreo.  Por parte de nuestro país firmó el Centro para el Desarrollo Tecnológico Industrial (CDTI), dependiente del Ministerio de Economía, y que suele ocuparse de la promoción de la industria espacial española. También participan en el consorcio las agencias espaciales de Francia (CNES), Alemania (DLR), Italia (ASI) y Reino Unido (UKSA).

La Fuerza Aérea de EEUU (USAF), por su parte, ha otorgado a la empresa Lockheed Martin un jugoso contrato valorado en 914 millones de dólares para crear el sistema denominado Space Fence (Valla Espacial), que utilizará tecnología de rastreo óptica y de láser desde diferentes estaciones terrestres alrededor del globo para detectar, vigilar y caracterizar los objetos artificiales. El Pentágono también desea que el programa empiece a funcionar a partir del año que viene.

El tiempo apremia, porque la amenaza es demasiado real. Ya hemos visto sus posibles efectos gracias a la famosa película de Hollywood "Gravity". Y en varias ocasiones hemos comprendido qué significa esta clase de peligros cuando los centros de control de Houston o Moscú informan de que la Estación Espacial Internacional (ISS) han tenido que modificar la órbita de la Estación ante un riesgo de colisión. Pues un pequeño resto de metal viajando a una velocidad de miles de kilómetros por hora se transforma en un proyectil letal capaz de perforar la estructura más resistente.

Al trabajar con “basura espacial”, hay que cubrir dos áreas de trabajo fundamentales. En primer lugar, es preciso catalogar e identificar los elementos que componen la población de objetos considerados como desechos espaciales y todo esto con el nivel de calidad y seguridad requerido. A continuación, los datos recogidos se procesan adecuadamente con el fin de proveer los servicios establecidos, como pueden ser análisis de riesgo de colisión, reentrada, desfragmentación, etc.

La ESA, por último, está estudiando distintos métodos de gestionar los residuos espaciales. En algunos casos se trata de usar arpones o redes para atraparlos o incluso rayos iónicos. Todos estos planes forman parte del programa CleanSpace, que intenta implicar a la opinión pública.

Todo eso está muy bien, pero se echa en falta una normativa legal a nivel internacional que regularice la sostenibilidad medioambiental del espacio. Cada satélite debe tener un dispositivo -motor o anclaje- que garantice que, cuando deje de funcionar, no a va a ser una molestia para sus vecinos o la población en general.

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