OPINIÓN
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Perspectivas

Francisco Herranz

Profesor de Redacción en el Máster de Periodismo, Edición, Producción y Nuevas Tecnologías de la Universidad San Pablo-CEU y analista de la agencia de noticias rusa Sputnik. Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y Mastér en Comunicación Política y Empresarial en la Universidad Camilo Jóse Cela. Ha trabajado en el diario El Mundo, en la edición española del diario ruso Komsomolskaya Pravda y ha sido editor del portal www.infoespacial.com.

 

 

 

 


Lucha de mecenas por la conquista del espacio

03/12/2015

Son dos emprendedores muy conocidos. Multimillonarios. Visionarios. Han levantado sendos imperios y sus nombres van asociados a sus respectivas marcas. Uno se llama Jeff Bezos, es el propietario de Amazon y The Washington Post; su fortuna ronda los 59.000 millones de dólares. El segundo es Elon Musk, dueño de las empresas Tesla Motors y PayPal, y cuenta nada menos que con 11.600 millones de dólares de patrimonio. A ambos les une su pasión por la tecnología. Y su lucha por la conquista del espacio. Bezos explota desde 2000 la empresa Blue Origin. Musk fundó SpaceX en 2002.  Ambas se dedican al transporte espacial en una feroz competencia por captar inversores y ganar los jugosos contratos de la NASA, interesada en los proyectos privados de vehículos lanzadores y naves tripuladas desde que canceló su programa de transbordadores.

La disputa entre los dos mecenas se ha extendido a todos los frentes. En 2010, Blue Origin presentó en Estados Unidos la patente de un sistema para lanzar un cohete desde un emplazamiento en la costa y recuperar los propulsores haciendo que éstos aterricen verticalmente sobre una plataforma colocada en el mar, controlando su descenso. La Oficina de Patentes y Marcas aceptó la patente en marzo de 2014, pero en agosto de ese mismo año SpaceX presentó una demanda contencioso-administrativa alegando que investigadores y científicos habían propuesto técnicas similares a las de Blue Origin mucho antes de que se presentara la patente. Finalmente el pleito lo ganó este año SpaceX.

Ambas firmas luchan sin cuartel con Boeing y otras empresas por el contrato gubernamental de la NASA para transportar a astronautas estadounidenses a la Estación Espacial Internacional (ISS). Hasta han competido por firmar el acuerdo con la agencia aeroespacial norteamericana que alquilaba por un periodo de 20 años la histórica rampa de lanzamiento 39A del Centro Espacial Kennedy, en Florida.  Esa baza la ganó la gente de Musk. Desde la rampa 39A se iniciaron muchas misiones Apolo y Shuttle, incluida la del Apolo 11 que llegó a la Luna en 1969 y la primera y la última lanzadera en 1981 y 2011.

SpaceX cuenta con una clara ventaja operativa pues ya ha lanzado con éxito a la ISS seis misiones no tripuladas de la NASA con suministros y víveres. Su carguero Dragon supone un hito en la carrera espacial pues es reutilizable y de financiación privada. SpaceX emplea para estas misiones un cohete Falcon-9; uno de los proyectos de Musk es conseguir que este propulsor también sea reutilizable, es decir, que pueda volver a la tierra tras su lanzamiento. Su objetivo final es reutilizar las dos primeras fase del cohete; eso reduciría de forma muy considerable los costes de lanzamiento y explotación, aumentando así la competitividad en un mercado en plena expansión. El programa aún no ha logrado su meta. La última prueba con el Falcon-9 reutilizable se realizó en abril de este año sobre una plataforma marítima situada en el Océano Atlántico; la compañía no pudo rescatar intacta la primera fase a consecuencia de un exceso de velocidad lateral que provocó el vuelco del artefacto.

Pero Blue Origin también ha conseguido su pequeña parte de gloria. Sobre todo en vuelos espaciales suborbitales, más relacionados con el segmento del turismo espacial. El pasado 23 de noviembre la firma probó sin contratiempos su nave New Shepard que alcanzó los 100 kilómetros de altura y una velocidad máxima de Mach 3. El propulsor aterrizó suavemente en el desierto de Texas, activando sus motores. Ahora darán el salto a vuelo orbitales, lo que implica más altura y mayores riesgos.

Toda esa competencia es muy salubable, pero desgraciadamente no se ven en el horizonte empresas que piensen en los sistemas de lanzamiento europeos y eso es una mala noticia para la Agencia Espacial Europea (ESA). Los conceptos de sistemas lanzadores reutilizables que se están desarrollando en Europa -por ejemplo en Suiza, con Swiss Space Systems, y en España con zero2infinity- están más enfocados al turismo espacial o a la puesta en órbita de satélites pequeños.

Al menos el ejemplo de SpaceX ha activado a algunas agencias espaciales europeas. Así, la francesa CNES ha empezado a trabajar de nuevo en un pequeño programa de investigación para desarrollar un cohete de oxígeno líquido/metano que podría ser reutilizable. El proyecto llamado Baikal llevaba 10 años en un cajón y era un proyecto conjunto con los rusos. Ahora lo han sacado de nuevo a la luz con el objetivo de refinar las tecnologías necesarias para recuperar, restaurar y reutilizar una etapa entera de un cohete Ariane. El próximo modelo de la familia Arianespace, el Ariane-6, no cuenta entre sus características con la reutilización de sus propulsores, pero esa posibilidad lo haría mucho más competitivo frente a las empresas del otro lado del Atlántico. Más vale tarde que nunca.     

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