OPINIÓN
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Editorial

Adriano Campo Bagatin

Doctor en Fisica por la Universidad de Valencia y profesor titular en la Universidad de Alicante.
Estudia las propiedades colisionales de los asteroides y su estructura interna desde hace dos décadas, así como otros pequeños cuerpos del sistema solar. El asteroide 13722 lleva el nombre de Campobagatin desde 2002.
Bagatín es miembro del Comité Coordinador de la mision AIDA y co-coordinador del equipo de trabajo sobre propiedades fisicas del  sistema de asteroides objetivo de la misión.


Instrucciones en caso de asteroide: ¿Sálvese quién pueda?

25/11/2016 | Madrid

Sucesos como los recientes terremotos en Italia, o el "susto" del tsunami de Nueva Zelanda (aún en nuestra memoria está el tsunami de 2004 en Tailandia, con 230.000 víctimas mortales), de repente nos despiertan de nuestra rutina diaria de pequeños seres peleando por asuntos más o menos triviales sobre este bonito planeta, y nos recuerdan lo vulnerable que somos ante las catástrofes naturales. Sin embargo, hay eventos totalmente impredecibles, como los terremotos o las erupciones volcánicas, y otros, incluso más destructivos, que los conocimientos de nuestra civilización pueden evitar. Y no me refiero al cambio climático, ya que esta es una catástrofe "lenta", a medio plazo, y provocada en buena medida por nuestra misma civilización. Hablo de otro tipo de catástrofe natural, posiblemente la más devastadora que la Tierra haya experimentado en su larga historia: las colisiones asteroidales.

Es cierto que los programas de búsqueda de los asteroides cercanos a la Tierra han identificado a más del 90% de los asteroides más grandes, de más de medio kilómetro de tamaño, sin que ninguno de ellos represente una amenaza hasta la fecha, pero no nos engañe esta victoria aparente. El problema real, aunque parezca extraño, reside en los que son más pequeños. Hay decenas de miles de asteroides del tamaño suficiente para atravesar la atmósfera como un cuchillo la mantequilla, cuyas órbitas se acercan a la Tierra continuamente y que podrían causar incalculables daños humanos y materiales si finalmente golpearan su superficie.

Cualquier asteroide de entre 100 y 500 metros de tamaño, entrando en la atmósfera con una velocidad de unos 100.000 kilómetros por hora, puede formar un cráter de uno a 10 kilómetros de diámetro y arrasar una región del tamaño de la Comunidad de Madrid. De estos cuerpos se conocen como mucho un 15-20%: siendo pequeños es difícil detectarlos y si uno de estos estuviera destinado a colisionar con la Tierra, cuando lo descubriéramos probablemente sería posible poner remedio con pocos años o décadas de antelación.

Pero, ¿seríamos capaces de hacer algo contra un asteroide de este tamaño? Ese es precisamente el cometido de la misión espacial AIM (Asteroid Impact Mission) propuesta a la Agencia Europea del Espacio (ESA, por sus siglas en inglés) y que se lanzaría en 2020. Esta misión, conjuntamente con su homóloga estadounidense DART, forman la misión conjunta AIDA (Asteroid Impact and Deflection Assessment) que pretende comprobar, en 2022, si la tecnología disponible actualmente es capaz de desviar de su órbita lo suficiente, un asteroide de unos 150 metros de diámetro.

Ese asteroide,que será solo un banco de pruebas sin ningún peligro para la Tierra, orbita en torno a uno mayor, denominado Didymos y, precisamente, esta oportunidad hace que esta misión espacial sea algo único, probablemente irrepetible en décadas y de las que hacen historia. 

La misión AIM-AIDA está apoyada también por decenas de científicos y personalidades europeas, que han recientemente firmado una carta de apoyo a la misma, presentada en una rueda de prensa en Berlín el lunes pasado (14/11). Entre los firmantes se encuentran, por ejemplo, el reconocido cosmólogo británico Lord Martin Rees de la Universidad de Cambridge y el astrofísico, otrora guitarrista de Queen, Brian May.

La parte europea de la misión, AIM, se enfrenta a principios de diciembre al que puede que sea su mayor reto: tener la aprobación definitiva por parte de los ministerios encargados por los distintos países, cuyos ministros se reunirán para decidir si apoyan económicamente esta misión. En el caso de España el organismo competente será el recién estrenado Ministerio de Economía, Industria y Competitividad. Entre los países de peso en Europa, la actitud de España es importante y muy esperada, por distintas razones. Este Gobierno tiene la posibilidad de dar un paso al frente y afirmar claramente que España está donde necesita estar: entre los países que quieren liderar iniciativas científico-tecnológicas ilusionantes como esta.

El retorno positivo será económico para las empresas aeroespaciales españolas implicadas y de prestigio para las instituciones directamente involucradas (Universidad de Alicante, Instituto de Astrofísica de Canarias, Institut de Ciències del Espai de Cataluña, Universidad de Vigo), con anexa la creación de puestos de trabajo y nuevos contratos para jóvenes técnicos e investigadores. Pero quizás lo más importante del apoyo explícito de España a AIM sería el retorno en términos de publicidad para los países involucrados y en términos del renovado interés hacia la ciencia y el conocimiento que despertará entre las nuevas generaciones.

España sólo contribuiría con una fracción del coste total de la misión a nivel europeo. Para tener una idea de lo poco, en términos relativos, que supondría este compromiso, bastará saber que el coste total para la ESA para toda la duración de la misión (seis años entre fabricación, lanzamiento y vuelo) es equivalente a la cantidad de dinero que se defrauda en un solo día, y solo en España.

¡Cuántas cosas tan necesarias para la gente y para la sociedad podrían hacerse además cada año con el dinero de esos otros 364 días que también se deja de ingresar a causa del fraude! 

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