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OPINIÓN
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Firma Invitada

José Manuel Grandela Durán

Ex Ingeniero Controlador de Naves Espaciales (INTA-NASA)Ex Ingeniero Controlador de Naves Espaciales (INTA-NASA)


La conquista de la Luna: España lo hizo posible

22/07/2019 | Madrid

Es tan grande el desconocimiento de nuestros conciudadanos y de nuestra propia Administración de la vital aportación española a la conquista del espacio exterior, que me veo moralmente obligado a emprender este escrito con el ánimo de añadir luz a esa ignorancia medio secular (50 años).

Al airear estas vivencias profesionales mías de cuatro décadas participando en múltiples programas de la NASA, lo hago con el recuerdo vivo en docenas de ambiciosos proyectos espaciales –algunos legendarios- que marcaron un hito en la Historia de la Humanidad.

Pero hoy, en el comienzo del año 2019 en que conmemoraremos el 50º aniversario de la llegada del primer hombre a la Luna, quiero ceñir mis recuerdos al Programa Apollo, que de forma tan impactante conmovió al mundo, pero también a los españoles que tuvimos la suerte y el honor de participar directamente en ese ambicioso programa desde las estaciones de seguimiento y control (INTA-NASA) de Fresnedillas de la Oliva y Robledo de Chavela en Madrid, y Maspalomas en Gran Canaria.

En una de mis repetidas visitas a los archivos del Museo de Historia Americana, en Washington DC., tuve la sorpresa de encontrarme una copia de un desconcertante documento original del Presidente de los EEUU, John Fitzgerald Kennedy, que bien se puede considerar el génesis (ab initio) de la Estación de Seguimiento Espacial de Fresnedillas, en la provincia de Madrid. Lo traduzco a continuación porque merece la pena leerlo y entenderlo, e incluyo una reproducción fotográfica del original ilustrando estas líneas.

De acuerdo con nuestra conversación, me gustaría que usted, como Presidente del Consejo del Espacio, se encargue de realizar una investigación global sobre nuestra situación en el Espacio.

¿Tenemos alguna probabilidad de vencer a los soviéticos, poniendo un laboratorio en el espacio, o haciendo un viaje alrededor de la Luna, o aterrizando un cohete en la Luna, o enviando un cohete de ida y vuelta a la Luna con un hombre? ¿Existe algún otro programa espacial que prometa resultados espectaculares y en el que podamos vencer?

¿Cuál sería el coste adicional?

¿Trabajamos 24 horas al día en los programas existentes?  Si no, ¿por qué no? Si no, ¿quiere Vd. hacerme alguna recomendación sobre cómo se puede acelerar el trabajo?

Para la construcción de grandes propulsores, ¿debemos hacer hincapié en el combustible nuclear, en el químico o en el líquido, o en una combinación de los tres?

¿Estamos haciendo el máximo esfuerzo? ¿Estamos consiguiendo los resultados necesarios?

He pedido a Jim Webb, al doctor Wiesner, al Secretario McNamara y a otros funcionarios responsables, que colaboren plenamente con usted. Le agradecería un informe sobre esto a la mayor brevedad posible.                                  

Cuando leí por primera vez el original en inglés de este escrito, me sorprendió en gran manera el estilo áspero y autoritario del entonces encantador ídolo de las masas John F. Kennedy. Indudablemente, no era ése el talante que transpiraban las imágenes de los noticiarios y telediarios que circulaban de él por el mundo. Qué lejos queda ese glamour de los modos en que redactó el memorándum dirigido al Vicepresidente (y futuro Presidente) de los EEUU, Lyndon B. Johnson.

Pero este documento tan especial no estaba solo, sino arropado por otros miles que conformaban un gran tesoro (al menos para mí), rebosante de información recientemente desvelada a los historiadores al anular oficialmente el Congreso el estatus de “Secreto”, bajo el que habían estado durante tres décadas.

Naturalmente, hice un buen acaparamiento de fotocopias y escáneres de los documentos originales que más llamaron mi atención, elección difícil porque todos ellos daban fe directa o indirectamente de los pasos realizados durante la gestación y desarrollo del ya mítico Programa Apollo de la NASA, que corrió paralelo a la mayor parte de mi vida profesional.

Allí encontré también las transcripciones de las conversaciones cápsula-control de tierra y viceversa, que pasaron por Fresnedillas, y que para mí tuvieron un sabor cálido e íntimo por haberlas escuchado en directo mientras la Carrera del Espacio se pespunteaba segundo a segundo. Algunas aparecerán en este escrito más adelante, pero volvamos al guion de esta narración.

Quizás convenga que me remonte en el tiempo y recuerde al lector joven que, antes incluso de finalizar la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos de América y la Unión Soviética -ambos aliados contra la Alemania del III Reich-, ya habían tenido fuertes fricciones que saltaron definitivamente al campo político cuando sus enemigos del Eje fueron vencidos en 1945. Comenzó entonces, casi inmediatamente, la que fue llamada “Guerra Fría”, que durante las tres décadas de su vigencia (1945-1975) estuvo a punto de transmutarse en “caliente”, dejando a nuestro planeta yermo y sin vestigio de vida alguna. Quien vivió aquella época no la olvidará fácilmente.

Fue el 4 de octubre de 1957, cuando los soviéticos pusieron en órbita el primer satélite artificial hecho por el hombre. Se llamó Sputnik 1 (Acompañante), y causó auténtica conmoción -e incredulidad- en los medios científicos internacionales. Pero apenas un mes después, el 3 de noviembre, el primer ser vivo, la perrita Laika, orbitaba la Tierra en el Sputnik 2. Pero eso no fue todo, porque también se adelantaron a los norteamericanos con el primer impacto en la Luna con la sonda Luna 2, el 12 de septiembre de 1959; y el primer vuelo cercano a Venus con la sonda Venera 1, el 12 de febrero de1961; etc. Pero lo que supuso un auténtico bofetón al orgullo nacional estadounidense, fue la hazaña de Yuri A. Gagarin el 12 de abril de 1961, consiguiendo ser el primer humano en subir al espacio y orbitar nuestro planeta.

La fecha del memorándum para el Vicepresidente, mencionado anteriormente, es una prueba del detonante que debió estallar en la Casa Blanca tras el vuelo de Gagarin ocho días antes. Los asesores del Presidente le orientaron sabiamente, y un mes después, el 25 de mayo de 1961,  Kennedy lanzó un órdago en la Sesión Plenaria del Congreso de los EE.UU., en el que expuso con toda firmeza:

-I believe this nation should commit itself to achieving the goal, before this decade is out, of landing a man on the Moon and returning him safely to Earth. No single space project in this period will be more impressive to mankind, or more important in the long-range exploration of space; and none will be so difficult or expensive to accomplish.-

Su moción fue aprobada por aclamación, sin fisuras ni titubeos. Si bien la cuestión económica era importante, también lo era el escaso tiempo disponible. La promesa que apoyó el Congreso en Washington, tenía plazo fijo, y había que correr -y mucho-, para poder cumplirla. Mientras tanto, el premier Nikita Khruschof había persuadido al Politburó (máximo órgano ejecutivo del Partido Comunista de la URSS) en pleno, de que la potencia que dominara la astronáutica y con ella el espacio, también dominaría el mundo. Asimismo fue respaldado en bloque.

El arriesgado alegato de Kennedy pretendía neutralizar de una vez por todas los fulminantes éxitos soviéticos en la investigación espacial, así que recogió el guante del reto soviético y consiguió la aprobación del presupuesto inicial -y demencial-, de 38.000 millones de dólares, que su antecesor en la Presidencia, Dwight D. Eisenhower había rechazado -asustado-, tan solo cinco meses atrás (diciembre 1960).

Comenzó entonces una frenética galopada en la que el inmenso potencial industrial y técnico norteamericano demostró su imparable ímpetu, pero también se requirió la asistencia científica internacional allá donde la hubiera. Aquella vorágine de entusiasmo y medios económicos sin aparente freno, en la que acabaron interviniendo, directa o indirectamente, alrededor de 400.000 personas de todo el planeta, recibió el nombre de Proyecto Apollo. Aquel fue el primer paso para la presencia española en tan ambicioso reto.

Las autopistas electrónicas que comunicaban (y comunican) a los satélites, sondas interplanetarias o naves tripuladas de todo tipo, con los respectivos centros de control en la Tierra eran -y siguen siendo- totalmente esenciales para cualquier vuelo extraterrestre. Cuando se desencadenó la vorágine del Programa Apollo, la NASA ya contaba con una red de seguimiento y control para el espacio profundo (Deep Space Network-DSN), y otra para satélites y vuelos tripulados orbitales llamada STADAN. En la primera destacaba la de Robledo de Chavela (Madrid), conocida por su código de DSS-61 (Deep Space Station 61), y en la segunda la de Maspalomas en la isla de Gran Canaria, imprescindible ésta para decidir la puesta en órbita de los primeros vuelos tripulados norteamericanos de los programas Mercury y Gemini, o el aborto en su caso. (Desafortunadamente son multitud los compatriotas que ignoran aquella decisiva asistencia española a los primeros vuelos tripulados de la NASA.)

Pero ninguna de esas dos instalaciones era plenamente apta ante la complejidad de un vuelo a la Luna, sobre todo si llevaba seres humanos en sus entrañas. La presencia de hombres a bordo de una nave, que por primera vez abandonara el entorno terrestre para hollar otro cuerpo celeste, exigió unas medidas de perfección y eficacia como nunca antes se habían intentado. La NASA anunció que pretendía alcanzar el 100% de seguridad en las múltiples fases del proyecto, y aunque la perfección absoluta no existe, sí se estuvo muy cerca de ella, ya que se consiguió el 99,98%, lo que es poco menos que milagroso si se tienen en cuenta los miles de situaciones críticas por las que los hombres elegidos habían de pasar.

Llegado a este punto, no puedo omitir la terrible tragedia del Apollo I (27/1/1967), en una simulación en Cabo Cañaveral, en la que murieron de forma horrible los tres miembros de su tripulación, Edward White, Virgil Grissom y Roger Chaffee, delante de sus horrorizados compañeros, que nada pudieron hacer para salvarlos.

Semejante desdicha fue un revulsivo para la NASA, que aumentó las medidas de seguridad, reafirmando entre ellas la creación de una red de seguimiento y control terrestre nueva y específica que, además de cubrir todos los rincones del globo, tuviera al menos tres grandes antenas parabólicas de 26 metros de diámetro, con capacidad para apuntar a cualquier rincón de la bóveda celeste, y procesar debidamente la avalancha de datos que llegarían de la Luna a la Estación, y se transmitirían desde ella, a pesar de la gran distancia Tierra-Luna.

La comunicación directa con los arriesgados viajeros era fundamental para su propia seguridad, así como para garantizar el éxito de la misión encomendada. Sus constantes vitales, su voz e imagen, y las miles de señales que informaban del estado –milisegundo a milisegundo-, de los miles de controles e indicaciones del cohete Saturno V, y de las naves en las que harían un periplo de una semana aproximadamente, demandarían una vigilancia exhaustiva por parte del personal especializado en la Tierra. Aquella inestimable ayuda recibió el acertado nombre de “El enlace vital”, y demostró serlo misión tras misión.

La Instalación de Seguimiento de Fresnedillas para Vuelos Espaciales Tripulados (Madrid Apollo, para la NASA), nació y se desarrolló en esa dinámica de cuenta atrás, ofreciendo una oportunidad única a los ingenieros, técnicos y especialistas españoles de participar en primera fila en el ambicioso sueño de que un ser humano llegara a pisar otro cuerpo celeste.

La convivencia obligada con los colegas norteamericanos fue personal e intransferible. Es decir, a cada uno de los alumnos españoles nos fue bien, regular o mal, dependiendo en buena parte de tu propio talante, y desde luego de cómo le cayeras al teacher que te habían asignado.

El acuerdo firmado por el Gobierno de España con el de los Estados Unidos, había brindado todo tipo de facilidades para la construcción y manejo –por parte del personal norteamericano-, de las estaciones de seguimiento espacial ubicadas en España. Pero nuestro Gobierno exigió una contrapartida trascendental, la de que el personal técnico español que fuera reclutado, recibiría un adiestramiento intensivo y profundo de los equipos existentes en la estación, así como de los procedimientos a usar en los programas espaciales, y cuando demostrara su perfecta capacitación (certification), el teacher cedería su plaza al alumno español, y retornaría a su país.

La realidad del día a día vino a ser más dura que la teoría, ya que los técnicos norteamericanos habían sido contratados por la Bendix, a instancias de la NASA, con unas condiciones económicas envidiables, que de ninguna forma tendrían en los EE.UU. Su renuencia –humana y comprensible-, a perder el envidiable estatus de vida en España, fue un duro escollo adicional que tuvimos que salvar los técnicos españoles de Fresnedillas para obtener la ansiada capacitación. Pero lo conseguimos tras una elaborada “Reconquista”, (nombre dado por algunos de mis colegas patrios.)

El porqué de la decisión concreta por la NASA de la elección de Fresnedillas de la Oliva para la importante contribución que le esperaba, me demandaría muchas líneas que prefiero emplear en otros eventos. Pero sintetizándolo, señalaré que fue decisivo el hecho de que ya existiera cercana a Fresnedillas la estación de Robledo de Chavela, dotada de una antena de 26 metros de diámetro, que pudiera servir de reserva de la Apollo Station. Para ello, se las enlazó con un haz de microondas y por líneas telefónicas, estando ambas alejadas de tendidos de alta tensión, emisoras de radio, líneas de ferrocarril electrificado, o de poblaciones importantes, cuyos servicios pudieran dañar la recepción de las débiles señales que llegarían desde la Luna.

La estación de Fresnedillas fue una gran cátedra para los españoles reclutados por NASA-INTA, porque aprendimos algunas tecnologías y materias que jamás antes habíamos visto, oído o estudiado en nuestras escuelas y universidades. Desde el primer día de la incorporación de cada uno de nosotros, comenzamos a absorber sin freno lo que el personal norteamericano nos enseñaba (en su lengua, claro), más lo que observábamos en derredor.

Según los conocimientos de cada cual, se nos fueron dando cursos de mayor o menor envergadura, sobre generalidades o sobre temas técnicos concretos. De algunos podíamos saber bastante, de otros menos, y de otros nada en absoluto. Pero a los pocos meses, todos recibimos el cum laude, que la NASA llamaba Certification, y que te capacitaba para trabajar en nuevas técnicas punta que no paraban de llegar de los EE.UU., aparte de hacerte responsable de uno o más equipos que, indefectiblemente, fueron multiplicándose con el tiempo.

Para los cursos más avanzados, la NASA tenía en el estado de Maryland, un centro de entrenamiento multidisciplinario llamado Network Test and Training Facility o NTTF (Centro de Entrenamiento y Pruebas de la Red), donde se impartían cursos especializados de disciplinas tales como: informática, ordenadores, radiofrecuencia, microondas, servomecanismos, hidráulica, criogenia, comunicaciones, y así un largo etcétera, que tenían aplicación directa en los equipos operativos que la NASA había depositado en nuestras manos.

Tan pronto como un nuevo técnico español era captado para Fresnedillas, se le asignaba el equipo o sección más acorde con sus conocimientos, se le ponía al día sobre el vastísimo Programa Apollo (Apollo Indoctrination), y tan pronto era posible, se le enviaba al complejo educacional NTTF. Allí recibiría un denso curso de uno a tres meses de duración, sobre uno o varios equipos, que a su vuelta a Fresnedillas estarían bajo su tutela y responsabilidad.

Rara era la semana en que no hiciéramos simulacros y pruebas internas, que luego se ampliaban al resto de la red de estaciones y centros de control de la NASA en todo el planeta. Así, cuando llegaba un lanzamiento de verdad, todo transcurría como si fuera un simulacro más, es decir, perfectamente.

Madrid is Green and Go!, era nuestra respuesta cuando inquirían sobre nuestro estatus los centros de control de Goddard y Houston. Era mucho más concisa que su traducción al español, que sería: “Madrid – Fresnedillas tiene todos los equipos funcionando y su personal está dispuesto para todo”.

Detrás de la exclamación Green and Go!, se ocultaban las agotadoras pruebas que desarrollábamos entre Apollo y Apollo, calibrando equipos, disponiendo configuraciones, enviando y recibiendo señales, y ¡cómo no!, preparándonos a nosotros mismos para el siguiente vuelo. Repasábamos una y otra vez los voluminosos manuales que la NASA actualizaba con gran frecuencia, introduciendo cambios que, a veces desbarataban todo lo que uno creía ya más que sabido.

Recuerdo muy bien que en una ocasión se detuvo la cuenta atrás de un lanzamiento a la Luna (Apollo XVI), porque las dos estaciones de Madrid dejaron de estar disponibles a tan solo 9 días del despegue hacia nuestro satélite. Ocurrió el viernes 7 de abril de 1972 cuando se cortaron totalmente las comunicaciones por microondas entre Fresnedillas (Madrid Prime) y Robledo (Madrid Wing).

Fuertes rachas de viento surgidas inesperadamente, parecían ser las causantes del desafuero. El anemómetro instalado en el tejado del edificio de Operaciones indicaba velocidades de más de 160 km/h, y si esa lectura se tomaba a 4 metros de altura, ¿qué no ocurriría allá arriba en La Almenara, a 1.259 metros de altura, donde se encontraba el repetidor de microondas que enlazaba a las dos estaciones mencionadas?

Una vez informada la NASA, su decisión fue rotunda: si las dos estaciones Madrid Apollo no podían funcionar a pleno rendimiento, se detendría la cuenta atrás del lanzamiento del Apollo XVI. ¡Así de valiosa era nuestra función!

Inmediatamente se organizó un grupo de técnicos (entre los que se encontraba este autor) para escalar aquella cima, cargados de herramientas y equipos como los sherpas tibetanos, para subsanar el posible daño causado por el inesperado huracán a la torreta que sostenía dos platos parabólicos de 1,5 m de diámetro cada uno.

No voy a detallar la dureza de la ascensión, ni los riesgos de caer despeñados, porque lo importante ahora es constatar que logramos nuestro propósito, aunque nos dejáramos amplias zonas de nuestra epidermis en ello. Nada más descender y retornar a Fresnedillas, informamos a nuestros superiores, que satisfechos, trasladaron a Goddard y a Houston la buena nueva de que Fresnedillas (Madrid Prime) y Robledo (Madrid Wing), volvían a estar operacionales al cien por cien. ¡El Apollo XVI podía reiniciar su cuenta atrás! Despegó sin más problemas el 16 de abril de 1972, y fue un gran éxito, como es ampliamente sabido.

Pero volviendo a los repetidos entrenamientos, la NASA, para que todo fuera lo más real posible, se había hecho con una flotilla de cuatro aviones Lockheed C-121 Constellation, que fueron transformados interiormente en auténticas cápsulas espaciales, con sus ordenadores, transmisores y receptores, equipos de navegación, telemetría, moduladores de voz, etc. El equipo personal se componía de doce técnicos (uno de ellos hacía las veces de astronauta), más tres tripulantes (dos pilotos y un navegante).

El Constellation comprobaba exhaustivamente la eficacia de nuestro personal sobrevolando repetidas veces las estaciones de Fresnedillas y Robledo, lo que provocó cierto nerviosismo en algunos pueblos de la sierra de Guadarrama, por confundirlo sus ciudadanos con un OVNI. La prensa se hizo eco de esos “inexplicables” avistamientos,  mientras nosotros sacábamos el máximo provecho a aquella nave Apollo de pega.

Hasta yo mismo me horrorizo de la palabreja que da título a este subcapítulo: Traqueando. Era una de las más usadas de nuestro cotidiano argot laboral, fruto de una fusión  morfosintáctica y semántica del español con el inglés, conocida como espanglish o ingañol, a elegir. La realidad es que nos permitíamos todo tipo de atrocidades lingüísticas durante la faena, siempre que no nos oyeran nuestros colegas norteamericanos de NASA-Bendix.

Cuando en Fresnedillas decíamos que traqueábamos, queríamos señalar que: “buscábamos” o “rastreábamos” por el espacio una nave, sonda, o satélite, la “localizábamos”, “capturábamos” su señal, continuábamos “persiguiéndola”, allá por donde navegara, mientras le “sacábamos” toda la información que había conseguido por aquellos cielos de Dios, a la vez que le “dábamos instrucciones” (commands) para que se comportara debidamente durante la siguiente órbita u horas de singladura espacial. Eso era el Tracking, ni más ni menos. De ahí que involuntaria y cómodamente optáramos por el término aberrante de traquear, que englobaba la actividad polivalente mencionada.

Recordaré al lector no avezado, que el ciclópeo Saturn V, tras despegar de Cabo Cañaveral, soltaba sus dos primeras fases en breves minutos, una vez consumido su combustible, y el resto del cohete portando las naves Columbia e Eagle, entraba en órbita de aparcamiento terrestre -que así se llamaba-, para comprobar minuciosamente el funcionamiento de todos los equipos de a bordo, con las instrucciones que los astronautas constataban con el personal de tierra. Aquellas eran horas de auténtico fragor de batalla, donde nada podía quedar al albur, y éramos conscientes de que cualquier fallo de equipo o error del personal técnico, podía dar al traste con la misión, o incluso poner en peligro la vida de los astronautas.

Cuando por fin el Mission Control Center (Centro de Control de la Misión) en Houston (Texas), con la aquiescencia de la tripulación del Apollo, decía las palabras mágicas Gofor TLI! (¡Adelante con la Inserción Trans Lunar!), un último bramido del cohete S-IV-B vencía la gravedad terrestre y ponía rumbo a nuestro satélite, al que llegaría unos tres días después. A partir de ese momento, en Fresnedillas el frenesí iba amainando y nosotros permitíamos que nuestros riñones se apoyaran suavemente en el respaldo del asiento, donde habíamos permanecido envarados como estacas durante las últimas horas.

Una de las preguntas más repetidas que me han hecho -y me siguen haciendo- los asistentes a mis conferencias, es para saber qué emociones experimentamos mis compañeros y yo en Fresnedillas, en los momentos históricos de la llegada del primer hombre a la Luna. La respuesta suele defraudar porque ninguno de quienes participamos en aquellos hechos tuvimos tiempo para hacer disquisiciones filosóficas sobre el alcance de la evidente hazaña conseguida en nombre de la Humanidad.

La noche del 20 al 21 de julio de 1969, el equipo técnico de Fresnedillas repetía una vez más lo que venía haciendo desde meses atrás, siguiendo las mismas pautas, ejecutando los mismos pasos según lo previsto y estudiado cientos de veces. El personal solo tenía ojos y oídos para escrutar ávidamente las indicaciones que mostraban sus equipos, comprobar que los valores aritméticos o eran exactos, o estaban dentro de un margen aceptable. Cada técnico formaba un indisoluble tándem con su equipo, como si fueran dos entes en uno solo, y ése era su único mundo, que no era poco.

El momento para reflexionar sobre el conjunto de la labor felizmente desarrollada en Fresnedillas, llegaba solo cuando el relevo venía a levantarte de la silla para continuar tu labor, y tú permanecías aún unos minutos de pie detrás de él tanteando tu bagaje de adrenalina y asegurándote de que todo proseguía como la seda. Eran la prensa y los informativos de televisión quienes divulgaban como una notoria gesta la aportación de tu saber, eficacia y temple de nervios.

Salvando las comparaciones, y desde luego la enorme distancia Tierra-Luna, me permito reproducir aquí el comentario que le oí a Edwin (Buzz) Aldrin en 1989, en el 20º aniversario de su llegada a nuestro satélite, cuando le hicieron una pregunta similar: <> (¿Qué sintió cuando piso la Luna por primera vez? ¿Qué pensó en ese momento histórico?)

Ruego al lector que me disculpe por poner el texto en inglés, pero ya que tengo en mi poder una transcripción literal de sus palabras en aquella teleconferencia, me debo al rigor de sus expresiones originales. Aldrin se expresó así:

<>

Es evidente que Aldrin y yo pensábamos igual.

Los tripulantes del Apollo XI, mejor dicho, del módulo lunar Eagle (Águila), no descollaban por parlanchines precisamente. Mantenían largos silencios que quebraba de vez en cuando el CapCom (astronauta Charles Duke) desde Houston, simplemente para oír su voz. Nosotros en Fresnedillas no le quitábamos ojo a las registradoras de papel (strip chart recorders), donde veíamos en directo la respuesta de sus electrocardiogramas, encefalogramas, presión sanguínea y demás constantes vitales. El ritmo cardiaco era normal y su actividad cerebral la esperada en cada momento. Aun así se echaba en falta la cháchara típica de otros astronautas que mantenían la línea de voz con la Tierra calentita, aunque fuese con frases monótonas y aburridas. El caso era hablar y ser contestado. La recepción de la voz humana en la soledad cósmica tenía para los astronautas propiedades mágicas como el bálsamo de Fierabrás para Don Quijote.

Pero ni Armstrong ni Aldrin estaban por la labor de amenizar el viaje, y el aburrido Collins, allá arriba fue quien quebró el silencio muchas veces con chanzas y chirigotas, quizás porque en su soledad necesitaba más que nadie el calor humano, aunque fuera exclusivamente verbal. Hasta el diario vespertino Pueblo había editado una crónica el 19 de julio, titulada Tripulación aburrida, precisamente por los cansinos silencios espaciales.

Por la posición de la Tierra en el momento cumbre del alunizaje, le correspondió a Fresnedillas ser los oídos y la voz del centro de control de Houston. Ese mismo día épico del 20 de julio, el director de vuelo Eugene F. Kranz, ordenó despertar a la tripulación del Apollo XI con una selección de briosas marchas de John Philip Sousa, tan conocidas de todos, por ser las habituales de los encuentros deportivos y actuaciones circenses. Kranz quería a la tripulación marchosa para el gran acontecimiento.

Luego siguieron las fases de frenado para aliviar el tirón de la Luna y quedar atrapados en su órbita, más tarde la separación de los módulos de mando y servicio (CSM) del módulo lunar (LM), alejando a Armstrong y Aldrin de su colega Collins, que pasó a ser el hombre más solo del universo desde Adán, como se autodenominó unas horas después.

Cuando el módulo lunar Eagle descendía a 1.800 metros hacia su destino en la superficie lunar, el ordenador de a bordo encendió una alarma de color ámbar, la 1202. Todo el mundo se echó a temblar, porque en esas circunstancias trepidantes cualquier anomalía podía suponer un desastre. Unos minutos después volvieron a aquietarse los corazones al asegurar un informático empollón del control de Houston, que la 1202 era un simple aviso del exceso de actividad del ordenador. El pobrecito ordenador estaba desbordado y simplemente se quejó. El CapCom y futuro astronauta del Apollo XVI Charles Duke, tranquilizó a los chicos de arriba diciéndoles que siguieran adelante, que todo estaba bajo control. En Fresnedillas también se exhaló un suspiro, pero por poco tiempo, porque apenas doce minutos más tarde el módulo Eagle sobrevolaba la zona prevista para el aterrizaje.

Aldrin iba cantando una retahíla de números (como los niños de San Ildefonso en Navidad, pero sin alegría), haciéndonos saber dónde se encontraba la nave cada pocos segundos. Aunque Aldrin lo decía en inglés y en su sistema de medidas, me he permitido hacerlo asequible para quienes vivimos en el sistema métrico decimal:

<<…250 metros [altitud], reduciendo a 25 [kilómetros por hora],…200 metros, reduciendo a 21 [km/h]…165 metros, reduciendo a 16 [km/h]…121 metros, reduciendo a 10 [km/h], hacia adelante 100 metros, descendiendo a 4 km/h…>>

De repente los navegadores de Houston percibieron que algo iba mal, el módulo lunar había dejado prácticamente de descender pero de repente entre 60 y 100 metros de altitud aumentó su velocidad a ¡unos 88 km/h! ¿Dónde iban esos locos? El CapCom Charles Duke avisó: ¡60 segundos!. Ese era el tiempo de consumo de combustible que les quedaba para abortar la misión y encender el motor que les traería de vuelta a la Tierra, si no conseguían posarse suavemente en suelo llano y en posición vertical. Su retorno dependía totalmente de cómo aterrizaran. Ese fue otro de los momento en que todos, en Houston y en Fresnedillas contuvimos de nuevo el aliento.

La retahíla de Aldrin se reanudó:

<<:...bajando despacio…61 metros, reduciendo a 1,5 [km/h]…5% de combustible [queda en la reserva],…23 metros, encendemos luces, …reduciendo a 0,8 [km/h] , …12 [metros], levantamos polvo, …9 [metros], sombra tenue, 1,3 [km/h] avante, un poco a la derecha,…va bien…>>

Por el transmisor de Fresnedillas salió el avisó del CapCom que nos inquietó a todos: ¡30 segundos!, alertándoles de que no buscaran más el aparcamiento perfecto, porque el combustible estaba en las últimas. Pero los segundos siguieron pasando en un silencio agobiante que nadie en la Tierra se atrevía a interrumpir. Todos nos mirábamos sin decir palabra y sin quitar ojo a los relojes que parecían correr desenfrenadamente. Detrás del CapCom, el Director de la Misión Apollo XI, George Hage, rezaba en voz baja: ¡Bájalo, Neil! ¡Bájalo!

Por fin se encendieron las luces indicadoras de que las cuatro patas del módulo lunar habían tocado suelo, y la voz de Aldrin, vino a relajarnos a todos: Contact Light…okay, engine stop! (¡Luz de contacto. OK. Motor parado!), cuando solo les quedaban 10 segundos más de propergol. ¡Uf! Estuvieron muy cerca de la catástrofe, pero el baqueteado Armstrong, al no localizar el lugar previsto estudiado en la Tierra, se hizo con los mandos manuales y buscó sobre la marcha el lugar menos escabroso posible, y allí decidió posar la nave voladora más antiestética que se haya conocido jamás.

De nuevo la voz del comandante Neil Armstrong cruzó el espacio, y cambiando su tono aséptico por otro algo más vivo, nos paralizó a todos:

El griterío exultante de la conocida sala de control de Houston se oyó en Fresnedillas por las líneas de comunicación, fundiéndose con las de nuestros técnicos americanos y españoles, que desbordamos la emoción contenida durante los últimos densísimos minutos. El CapCom Duke pudo por fin hilar palabra y contestar a los nuevos selenitas lo primero que se le ocurrió, que era el fiel retrato de lo que acababa de ver a su alrededor:

Eran las 9 y 18 minutos de la noche del sábado 20 de julio en la España peninsular.

Alguien nos comentó que la emoción también se había desbordado en la Sala de Prensa, donde los enviados especiales entraban y salían presurosos para comunicar la buena nueva a sus editoriales, familias y amigos. No era para menos.

En esos agitados minutos, alguien en los EEUU visitó el cementerio de Arlington en Virginia, y depositó un ramo de flores en la tumba del presidente Kennedy, verdadero promotor y motor del Programa Apollo hasta que le asesinaron en 1963. Las flores iban acompañadas de una nota que decía: -Mr. President, the Eagle has Landed.- (Sr. Presidente, el Águila ha alunizado.) Seguro que John F. Kennedy lo agradeció.

Unos mil millones de televidentes de los cinco continentes, esperaban que en pocos minutos aparecieran los astronautas en escena hollando la virginal Selene, pero no, hubo que esperar varias horas. Como estaba escrito, Armstrong y Aldrin se pusieron inmediatamente a preparar el módulo lunar por si tenían que volver a toda prisa ante cualquier imprevisto no deseado. No en balde, estaban en otro mundo y nunca se sabe…       Emplearon en ello casi dos horas, y con los nervios a flor de piel manifestaron a Houston su deseo de salir al exterior sin más dilación, pero los directores, con la cabeza más fría y mucho más responsables que los astronautas en ese momento, aceptaron a regañadientes saltarse la agenda prevista y permitirles salir al exterior tres horas más tarde, que tiempo tendrían de dormir en su viaje de vuelta a casa.

Pero antes de salir al exterior, el piloto del Eagle nos sorprendió a todos pidiendo al control de tierra un par de minutos de silencio y meditación. Nos miramos unos a otros con cara de interrogación, intentando adivinar el sentido de las palabras de Buzz Aldrin, que fueron exactamente estas, que transcribo del documento correspondiente:

"This is the LM pilot. I'd like to take this opportunity to ask every person listening in, whoever and wherever they may be, to pause for a moment and contemplate the events of the past few hours and to give thanks in his or her own way."

Después de su retorno a la Tierra, supimos por el mismo protagonista del inesperado acto sacramental, que tras pedir al comandante Neil Armstrong la preceptiva autorización, comulgó con el cáliz y pan bendecido que había llevado consigo secretamente en un bolsillo del brazo derecho. La NASA no vio con buenos ojos aquel acto, ya que el año anterior la tripulación del Apollo VIII había leído en una retransmisión televisiva unos párrafos del Génesis bíblico, acto que fue llevado a juicio tras una denuncia de un grupo religioso radical estadounidense.

El mensaje pseudocríptico de Aldrin respondía al requerimiento de la NASA de que sus astronautas no hicieran manifestaciones ni actos religiosos que pudieran provocar críticas de cualquier orden. De ahí que en Fresnedillas no entendiéramos a priori el mensaje de Aldrin.

El sufrido Collins fue el patito feo de aquella proeza, porque no solo estuvo a las puertas de la gloria, sino que la acarició una y otra vez mientras orbitaba nuestro satélite, oyendo cómo sus dos compañeros allá abajo se apropiaban de toda la fama del momento. El equipo humano del Apollo Wing en Robledo, dedicó toda su atención en exclusiva al casi olvidado piloto del módulo de mando Columbia, Michael Collins. En sus órbitas lunares, Collins solo disponía de 7 fugaces minutos para charlar directamente con sus añorados compañeros Armstrong y Aldrin, en los que apenas tenían tiempo para cruzarse un saludo en plan telegráfico.

El implacable movimiento de rotación de la Tierra hizo que la Luna se ocultara por el horizonte de poniente de Fresnedillas (Apollo Prime Site) y de Robledo (Apollo Wing Site), perdiendo la primera la señal del Eagle con Armstrong y Aldrin dentro, y la segunda la del Columbia, pilotado por Collins.

Cuando el Control de la Misión en Houston nos relevó a ambas estaciones de nuestra responsabilidad, empezamos a notar un evidente cansancio, contenido hasta ese momento, pero ninguno quisimos volver a nuestras casas. ¿Quién se podía perder el mayor acontecimiento de nuestra vida? ¿Quién iba a dejar que el sueño nos impidiera ver en directo el primer paso de un ser humano en otro cuerpo celeste? Así nos dedicamos a comentar detalles de las últimas horas, haciendo corrillos o deambulando por las salas de Operaciones sin rumbo fijo, saboreando el momento, aunque atentos a las conversaciones entre Houston y el trío de la fama para asegurarnos de que todo seguía según el plan previsto (schedule, en inglés).

Me acerqué a la sala de Prensa, ubicada en el edificio de Cafetería, y la encontré rebosante de corresponsales, VIPS y visitantes autorizados, que observaban los monitores de televisión que mostraban las imágenes que Prado del Rey transmitía a todos los españoles. Otro recibía la información de la oficina de Relaciones Públicas de la NASA en Houston, y otros dos mostraban aspectos de las salas de Operaciones, ahora ya dispensadas de obligaciones.

Al batiburrillo de periodistas, se sumó aquella noche en Fresnedillas el embajador norteamericano Mr. Robert C. Hill, acompañado de una aristocrática belleza muy en boga entonces, Ira von Fürstenberg, Princesa de Hohenlohe.

Después de que el Sr. Embajador vio lo que vio y oyó lo que oyó en Fresnedillas, le faltó tiempo para manifestar su satisfacción a un periodista de la agencia Cifra, que publicó lo siguiente al día siguiente del feliz aterrizaje del Apollo XI:

- Acaba de empezar una gran empresa humana. Hemos podido presenciar todos el comienzo de una aventura audaz, pero no temeraria. Pero no vuelan solos. Vuelan apoyados por los equipos de técnicos que siguen su trayectoria segundo a segundo desde la Tierra, muy singularmente desde la estación espacial en Fresnedillas, casi a las puertas de Madrid, pues le acompañan los buenos deseos, la admiración y las orientaciones de la mayor parte de la raza humana, que se sabe representada por estos tres hombres.

Las funciones de la estación espacial del “Apolo” en Madrid, que abarca la tercera parte del cielo, son de la máxima importancia para este vuelo y para todo el programa “Apolo”.

Deseo expresar mi sincero agradecimiento al Gobierno español –termina diciendo el embajador norteamericano-, por su muy apreciada colaboración y a los competentes técnicos espaciales españoles por su intenso trabajo y consagración al éxito de esta empresa espacial.- Cifra.-

¡Un hurra por el señor Embajador!

Llegó el momento tan deseado. La NASA, a través de la red de seguimiento MSFN, nos ofreció imágenes de la cámara de televisión sujeta al fuselaje del módulo lunar. Era un encuadre estático de la escalerilla del módulo lunar por donde había de descender Armstrong. La imagen era en blanco y negro y escasamente nítida, pero más que apta para lo que un tercio de la Humanidad estaba a punto de contemplar.

De pronto una mancha deforme, correspondiente al aparatoso atuendo de supervivencia de Armstrong empezó a cruzar la pantalla lentamente de arriba a abajo. Parecía un fantasma deforme con su aura grisácea, que temiera despeñarse por la escalerilla abajo. El pie izquierdo, embutido en una enorme bota, buscaba con cuidado el siguiente escalón, y así hasta que llegó al último, desde donde se dejó caer a la cazoleta que rebordeaba la pata del Eagle.

A las 109:24:48 de vuelo del Apollo XI, es decir, las 03:56:15 de la madrugada (hora española) del domingo 21 de julio, los españoles aún despiertos pudieron ver como en un lejano sueño a Armstrong poner al fin los dos pies en el suelo lunar, convirtiéndose en el primer terrestre en invadir otro cuerpo celeste.

El audio de Neil Armstrong también dejaba que desear, pero aun así pudimos intuir, más que oír sus palabras, injertado en aquel muñeco hinchado y torpe sacado de un anuncio de Michelin, que tantísimas veces hemos oído y repetido después:

En la sala de Comunicaciones de Fresnedillas, uno de los teletipos comenzó a hacerse oír con su escandaloso traqueteo adornado con la ráfaga de campanilleos que marcaban el final del mensaje: ¡Clinc!, ¡ Clinc!, ¡ Clinc!, alertando al operador cercano de que acababa de recibirse un nuevo mensaje. La escritura sobre papel con seis copias se sucedía sin freno. Los textos procedían de las agencias de noticias más famosas  pretendiendo ganar la primicia que ya conocíamos cientos de millones de personas en todo el globo. En todos los idiomas posibles y con redacción telegráfica anunciaban a la rosa de los vientos el gran acontecimiento: el hombre había hollado la Luna. Fue la crónica más breve, y a la vez la más grande jamás dada por aquellas infernales máquinas, sustituidas ahora por la también demoniaca Internet.

Antes de salir al exterior, Aldrin había reclamado a Armstrong un trueque. Ya que iba a ser Armstrong (contra el pronóstico inicial) quien pasara a la inmortalidad por ser el primer hombre en pisar otro cuerpo celeste, Aldrin quería ser el protagonista casi absoluto de las fotografías que se obtuvieran durante su permanencia en nuestro satélite, y para ello le entregó la cámara Hasselblad para que se la colgara al cuello y la utilizara sin contención.

Dieciocho minutos después del famoso pequeño paso para un hombre, Aldrin asomó por la escotilla e inició el descenso, teniendo antes la precaución de dejarla entornada y obstruida, no fuera a cerrarse tras ellos, y tuvieran que quedarse en la Luna para siempre, ya que a los ingenieros diseñadores de la empresa Grumman no se les había ocurrido dotar a la escotilla de un manillar exterior. La feliz idea fue aplaudida por Armstrong, como pudimos escuchar en las líneas de Air-to-Ground Voice:

Desde Houston, con todo el tacto posible, insistían una y otra vez en que los dos turistas torpones se pusieran a recoger piedras sin dilación, en vez de extasiarse ante aquella magnificent desolation! (¡grandiosa desolación!), como la definió Aldrin en su primer vistazo.

Tantearon su extraña movilidad y liviandad dando saltitos como canguros, y Armstrong comenzó a buscar rocas en medio de aquel extenso colchón de polvo de talco pardusco. Aunque llevaba una bolsa de teflón para guardarlas, sus dedos, agrandados y deformes por los guantes, eran incapaces de abrirla y optó por irlas metiendo en los bolsillos de las perneras del pantalón.

El Presidente Richard Nixon quiso tener también su porcentaje de protagonismo en aquella aventura, y les llamó por teléfono, recalcando que lo hacía desde el famoso  Despacho Oval de la Casa Blanca.

Apremiados por Houston, Armstrong y Aldrin se replegaron al Eagle, tras pasar apenas 2 horas y 47 minutos pululando por la Luna. Desplegaron la bandera de las barras y estrellas, los equipos del EASEP (Early Apollo Scientific Experiment Package – Primer conjunto de experimentos científicos del Apollo), que dejaron funcionando, y cuyas señales se recibieron en la Tierra inmediatamente. Y dentro de una bolsa, iba un disco de silicio con mensajes grabados de 73 jefes de Estado (con una incomprensible ausencia, la del Jefe del Estado español); un simbólico broche de oro con forma de ramita de olivo; un emblema bordado del Apollo I con los nombres de sus tres astronautas trágicamente fallecidos: White, Grissom y Chaffee.

Pero el detalle más emocionante fue cuando depositaron con cuidado ritual en el suelo lunar, dos medallas que les habían hecho llegar las viudas de los cosmonautas soviéticos Vladimir Komarov y Yuri Gagarin, también desaparecidos trágicamente. Sus esposas habían pedido que quedaran en la Luna para siempre, y allí están. Allí quedó también una placa metálica abrazada a una de las patas del módulo lunar Eagle, que mostrará eternamente un escueto mensaje firmado por Armstrong, Aldrin, Collins y el Presidente Nixon, que difícilmente hubiese podido mejorarse:

Cuando los dos turistas astrales recibieron la orden de <> (acomodaos para dormir) en el Eagle, pensé que era el momento de imitarles, tras tantas horas de estresante vigilia. Me entretuve en el pasillo para ver en los monitores allí instalados, cómo reponían las escenas de los primeros pisotones de Armstrong. Se arrimó a mí un janitor (auxiliar de la limpieza) ya mayor, oriundo de uno de los pueblos serranos cercanos, y apoyándose con cierta apostura en su mocho me preguntó, a la vez que indicaba con un gesto de cabeza las imágenes grises que había enviado el Apollo XI: << ¿Usted de verdad se cree que hay hombres en la Luna? Pues yo no. >> Y ante la cara de asombro que le debí poner, y sin darme opción a responder algo, añadió:<< No caben. >> Anécdota inolvidable, que por eso la traigo aquí.

Y siguiendo el hilo de las incredulidades llamadas por algunos “teorías conspiratorias” insistiendo en que los norteamericanos jamás llegaron a la Luna, me permito dos breves digresiones: 1) si aquello hubiese sido una farsa –que no lo fue-, los soviéticos lo hubiesen sabido sin la menor duda, y lo hubiesen aireado a los cuatro vientos. No solo no lo hicieron, sino que a pesar del antagonismo existente entonces, pidieron humildemente al Gobierno de los EE.UU. que Armstrong y Aldrin llevaran hasta nuestro satélite aquel recuerdo entrañable de dos de sus cosmonautas fallecidos fatídicamente; 2) ¿y de dónde venían los datos que estuvimos recibiendo de la Luna en Fresnedillas y otras estaciones de la red, durante los diez años siguientes al Apollo XI, bajo la denominación de ALSEP? (Apollo Lunar Surface Experiment Package–Paquete de Experimentos de la Superficie Lunar el Apollo).

El asesinado presidente Kennedy había prometido poner un hombre en la Luna, <<… y devolverlo sano y salvo a la Tierra…>>, y su antaño oponente político, y en ese momento vigente presidente Nixon, manifestó la misma esperanza en su mensaje telefónico a Armstrong y Aldrin:

<<…For one priceless moment, in the whole history of man, all the people on this earth are truly one. One in their pride in what you have done, and one in our prayers that you will return safely to Earth.>>

Quienes estuvimos metidos de lleno en el vuelo del Apollo XI en Fresnedillas (Madrid Apollo Prime) y en Robledo (Madrid Apollo Wing), sabíamos que tan arriesgado había sido llevar a su tripulación a la Luna, como conseguir después dejarlos aceptablemente intactos en la cubierta del portaviones USS Hornet, que surcaba el Pacífico.

Los cálculos de navegación para el retorno abocaron a que fuera de nuevo la estación de Fresnedillas la responsable (Prime station) del control total desde la Tierra de la secuencias definitiva para el éxito final de la misión Apollo XI: el despegue desde la superficie lunar de la parte superior del Eagle, que tenía que llevar a Armstrong y a Aldrin al encuentro con su colega Collins, tras su 26ª órbita alrededor de la Luna.

Los especialistas de Houston ya habían descubierto que el Eagle estaba a unos seis kilómetros del lugar previsto originalmente para el aterrizaje, y por lo tanto tuvieron que hacer correcciones en los datos de navegación almacenados en los ordenadores de las dos naves. Fresnedillas (Apollo Prime) transmitió los nuevos datos al Eagle, y Robledo (Apollo Wing) hizo otro tanto con el Columbia.

Pero la mermada reserva de oxígeno para Armstrong y Aldrin (solo para un día más), decidió a los navegantes no demorar más la salida al encuentro de Collins. Dado el meridiano de Madrid, la NASA recabó la colaboración de las estaciones de Canarias, y las lejanas Ascensión y Tananarive (Madagascar), aunque sus reducidas antenas de 9 metros de diámetro limitaban seriamente su capacidad de transmisión y recepción para la enorme distancia Tierra – Luna de unos 380.000 km.

Sabíamos que el motor del cohete que les debería elevar desde la parte inferior del módulo lunar, no había sido probado nunca antes en la Luna, y las pruebas que se hicieron en la Tierra, fundieron las toberas del cohete. Pero uno de los ingenieros de la Grumman aseguró, llenando la pizarra de fórmulas, que teóricamente ese cohete daría el do de pecho en la Luna.

Aquella iba a ser una primicia con todas sus consecuencias, y si al pulsar el botón de encendido no había respuesta, la tragedia estaba servida. Sabemos que en el control de Houston no se oía una mosca en los minutos previos al intento de despegue, pero es que en Fresnedillas el silencio se masticaba. Y el cohete funcionó. Aunque la angustia previa que pasó la tripulación del Eagle, y quienes sabíamos en tierra de la dudosa eficacia del cohete, no se puede medir ni pesar.

Arriba, Collins se había confeccionado una chuleta con los 18 pasos más importantes que debía seguir al encontrarse con sus colegas de la Eagle, y para no extraviarla se la había colgado al cuello.

El reencuentro de los tres camaradas fue suave, y tras los emocionados mini abrazos (no había sitio para grandes aspavientos), trasladaron con toda premura el material obtenido en la superficie lunar: 21,55 kg de rocas, fotos, películas, y el detector de viento solar. Se separaron del Eagle que tan bien había cumplido, y le enviaron a estrellarse contra la Luna, hecho que se pudo comprobar al recibir en tierra las bruscas señales del sismómetro instalado por Armstrong en el paquete EASEP.

A partir de ese momento se inició el ansiado retorno a casa acelerando desde  6.000 kilómetros por hora hasta alcanzar los 40.000 km/h al horadar las capas altas de la atmósfera. Michael Collins aprovechó para tener un bonito detalle con quienes habíamos intervenido (y seguíamos haciéndolo) en el conjunto de la misión Apollo XI. Aprovechó una retransmisión televisada para la Tierra, y nos regaló los oídos con este mensaje televisado que todos pudimos ver y oír en Fresnedillas, Robledo y Maspalomas:

Tras aquella aleluya a nuestra labor colectiva internacional, el resto del vuelo continuó sin ninguna incidencia digna de mención, esperando nosotros aquí abajo que aquellos osados viajeros culminaran con bien su hazaña. Para ello, la tripulación del módulo de mando Columbia tuvo que separarse del fiel compañero llamado “módulo de servicio” (Service Module), antes de zambullirse en la peligrosa atmósfera.

El ángulo de reentrada había sido prefijado para caer sobre el Océano Pacífico, por lo que Fresnedillas se despidió de su participación activa por falta de visibilidad. No obstante, nadie se movió de la Estación hasta que pudimos ver en los monitores de televisión el chapoteo del reducido módulo de mando (Command Module – Columbia), aún sujeto a los paracaídas. En ese momento los relojes GET (Ground Elapsed Time) de nuestras salas de Operaciones marcaban 195 horas 18 minutos y 35 segundos desde que despegaron de Cabo Cañaveral el pasado 16 de julio. Y esa fue la hora en que se desbordó la emoción y el vocerío en todos y cada uno de los centros de la NASA que habíamos vivido, sufrido y saboreado aquella gran hazaña.

Tres meses después, en octubre de 1969, la tripulación del Apollo XI vino a Madrid en visita oficial. No me privo de reproducir aquí las palabras que Neil Armstrong en nombre propio y de sus compañeros, dijo en la recepción de la Embajada norteamericana, ante una apelotonada masa de periodistas e invitados:

 

Capítulo: La conquista de la Luna: España lo hizo posible.

Libro: Ciencia, y un gran paso para la humanidad.

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